Un Brexit deseable

El 23 de junio de 2016, los británicos decidieron abandonar la Unión Europea. El margen fue muy estrecho, del 51,9% contra el 48,1%, pero suficiente para una tradición política y jurídica en la que, sin Constitución escrita, la guía por criterios de mayorías y minorías prevalece. Lo hace a diferencia de la tradición propia del continente, más apegada al derecho positivo. Dos años y medio después, aún seguimos lidiando con el problema, tras unos meses tortuosos que han demostrado lo difícil del proceso de ejecución de una decisión tan trascendente. No son pocos los ciudadanos que muestran hastío ante la enésima vuelta de tuerca de la primera ministra Theresa May, las broncas en el Parlamento británico y la última salida de tono de los partidarios de la salida ante las “traiciones” y “concesiones” de la pérfida Bruselas.

No es para menos. Hemos conocido un proceso de negociación realmente tedioso, en el que se han mezclado aspectos técnicos –como los relativos a la unión aduanera, la frontera con Irlanda, cómo quedan las cuatro libertades y Gibraltar, entre otros muchos–, con cuestiones políticas propias de un movimiento nacional-populista. Esto es: agravios imaginarios frente a un enemigo exterior, apelación al pasado imperial, nostalgia por un tiempo político puro o prevalencia del pueblo sobre los representantes. Carl Schmidt y su democracia aclamativa han ganado el pulso junto con las concepciones positivistas de Hans Kelsen. Un fenómeno que más tarde hemos visto reproducirse en otros lugares, también en España, especialmente en Cataluña, que vive un movimiento nacional-populista similar.

El plazo de salida se mantiene para el 29 de marzo del presente año, y seguimos a la espera de que el Parlamento británico apruebe el acuerdo establecido entre May y el negociador de Bruselas, Michel Barnier. Los 27 se han mantenido firmes en la negociación –algo con lo que no contaban los británicos–, y Barnier y Juncker sólo se han mostrado dispuestos a cambiar aspectos declarativos, no sustanciales del acuerdo. Se pueden mejorar aspectos que han inquietado a los partidarios de la salida, como el más importante de ellos y que afecta a la salvaguarda respecto a Irlanda del Norte, pero no se podrá renegociar nada de lo que atañe a aspectos técnicos. La UE se mantiene firme, porque es consciente de cuánto se juega en el envite.

Sabemos que la decisión británica es fruto de su soberanía, de una decisión democrática al uso, pero también de un proceso nacional-populista plagado de sentimientos, medias verdades y manipulaciones. Quizá, incluso, con graves injerencias externas que han ayudado a que calara un relato lleno de posverdades y “fake news”. Pero también es fruto de un error de comprensión de la realidad: en todos estos años de progreso, comercio y creciente interdependencia que hemos vivido desde el final de la Segunda Guerra Mundial, se ha tejido un entramado real que hace imposible ese lema brexiteer que pide “recuperar el control” o blindar la soberanía. Los vínculos comerciales, financieros, políticos y afectivos son tantos que es imposible ignorarlos, y no tienen vuelta atrás. Control o soberanía nacional casi equivale a autarquía, y Reino Unido es demasiado pequeño para semejante aventura. La verdadera soberanía solo se ejercitará a través de grandes bloques.

De este modo, lo máximo a lo que puede aspirar Reino Unido no es recuperar el control, sino a tener la sensación de que lo ha hecho, aunque sea parcialmente, pero será lo contrario. Porque habrá de “abrirse” al mundo con nuevos tratados, UE incluida, y esto es restrictivo. Algo que es muy propio en esta época en la que prima lo emocional en lugar de la razón. “Estamos hartos de los expertos”, clamó el viceministro Michael Gove durante la campaña de salida. Ahora, y según lo negociado, deberán acatar pero sin participar en la creación de directivas y reglamentos, como antes hacían. ¿Cabe una contradicción mayor? Reino Unido tenía una Europa esencialmente a la carta, el mejor de los dos mundos. Las op-out le protegían de aquellos avances comunitarios que no deseaban, bien por interés puramente económico o geopolítico. Recordemos el mantenimiento de la libra frente al euro, o en su rechazo a la adhesión al Tratado de Schengen de libre circulación de personas.

David Cameron pasará a la historia como un primer ministro que midió mal un riesgo muy importante. Alguien que convirtió en un problema existencial para su país –y para Europa– lo que era, sobre todo, una trifulca interna del Partido Conservador. Tampoco le ayudó el ambiguo y triste liderazgo laborista de Jeremy Corbyn, un líder izquierdista que nunca mostró entusiasmo por el proyecto comunitario y que busca a toda costa que May fracase y convoque elecciones. Una interinidad que juega en contra de las posibilidades de un acuerdo, pues mantiene a toda la Cámara más pendiente de su circunscripción que del interés general del país. Reino Unido lleva instalado en el cortoplacismo propio de estos tiempos más de tres años, y no hay proyecto de país que no se resienta de ello.

En este escenario, son bastantes los que apelan a una rectificación. Bien por desistimiento, bien a través de un segundo referéndum que, de alguna forma, admita públicamente el error. El Tribunal de Luxemburgo ya ha dictaminado que Reino Unido tendría derecho a retirar de forma unilateral su petición de salida y quedarse en el club. No es descartable que algo de ello ocurra, aunque no parece que el mal entendido orgullo británico de sus élites –que les ha cegado y llevado hasta aquí– pueda permitir semejante paso atrás. Además, el abuso de la figura del referéndum, tan peligrosa y de valor práctico potencial muy negativo al impedir la rectificación, es una barrera formidable.

Por parte europea, el común denominador de los principales países de la UE, las grandes familias políticas, la prensa generalista y gran parte de la opinión pública podría estar en aceptar una “marcha atrás” negociada. Es normal que así ocurra, porque el Brexit ha sido un trauma político de primer orden que ha afectado a la autoestima comunitaria. Pero si así ocurriera, lo más importante, en mi opinión, serían las condiciones: aceptar sin matices la piedra angular de la Unión Europea, la futura Unión Política.

Mientras tanto, el mundo avanza, y no puede esperar a que el Reino Unido resuelva cuitas y debates existenciales. Estados Unidos se sumerge en una nueva etapa de aislacionismo en modo proteccionista, y China lucha por tomar el cetro del liderazgo tecnológico. Rusia, por su parte, muestra músculo sin disimular su osadía en distintos escenarios de conflicto, como Siria, Venezuela o Ucrania pese a su escasa fuerza económica. Los ciudadanos europeos necesitan más que nunca una Europa unida, operativa y eficaz, que alcance cuanto antes la Unión Política que le permita competir en el nuevo mundo globalizado.

Y es aquí donde las dificultades del Brexit nos nubla la vista de algo más importante: que el Reino Unido ha sido un freno permanente de esa Unión que necesitamos. Un temor que recogió bien la decisión del general De Gaulle, y que le llevó a vetar la entrada de los británicos en las entonces Comunidades Europeas. Desde que Reino Unido entró a formar parte del club, en enero de 1973, las amenazas de salida y los palos en las ruedas han sido permanentes. Ya hubo un referéndum de salida en 1975, que ganaron los partidarios de seguir en Europa gracias, entre otras cosas, al compromiso y la implicación de la entonces líder de la oposición Margaret Thatcher. Un personaje histórico ante el que palidece el enanismo político de Cameron y que, dicho sea de paso, está extrañamente ausente de los movimientos feministas, pese a lo revolucionario de su liderazgo y de los excelentes resultados de su gestión para su país, lo que demuestra el sesgo y parcialidad ideológica de una parte del citado movimiento.

Si nuestra prioridad es Europa, Reino Unido debe permanecer fuera, más allá de nuestro sentimiento de pérdida y duelo subsiguiente. Aquello que aportaba –un equilibrio más liberal, menos burocrático, frente al poder de unas administraciones francesa y alemana más estatizantes, además de una relación privilegiada con Estados Unidos– no compensa por todo aquello que en este momento histórico nos impide conseguir. ¿Qué necesitamos en Europa? El análisis mayoritario nos indica que hemos de perseguir una unión fiscal y una unión bancaria; también urge una política exterior común más eficaz, un mayor compromiso en aunar posiciones en política migratoria y de fronteras, y hacer frente común en aspectos de defensa. Por no hablar de una política de fomento de la innovación a la altura de la revolución científico-técnica que vivimos, y en la que no podemos quedarnos atrás como ahora hacemos. Al final, todo ello para desembocar en una Unión Política que vuelva a iluminar y unir a los europeos, especialmente a las nuevas generaciones.

En este sentido nos jugamos nuestro bienestar presente y nuestro futuro. Preguntémonos: más allá de los afectos, ¿facilita o dificulta la consecución de estos objetivos la permanencia de Reino Unido? La respuesta es evidente: no. Esto es lo que nos debería guiar a la hora de aceptar o no la continuidad de Reino Unido en la UE. Ellos han elegido, y nosotros también debemos hacerlo. Hemos de desearles suerte, y cooperar en el futuro para establecer la relación más fructífera posible, pero sin las condiciones paralizantes que su presencia conlleva y que han contribuido a hacer de la UE un edificio con importantes debilidades para la competencia global. El Brexit es una buena noticia para la construcción europea, y así debemos verlo, como una oportunidad.

También lo es, estructuralmente, para España. En un mundo de alta competición, la salida del Reino Unido permite subir un escalón en el ranking de tamaño entre los miembros de la UE. ¡Cuántas décadas hubiesen hecho falta para semejante progreso! Quizás, sólo la creciente debilidad italiana lo habría permitido. Además, otro punto favorable será el protagonismo futuro en la UE de una de las tres grandes culturas que hoy se perfilan: china, anglosajona e hispana. Fuera de la UE la preeminencia anglosajona, es la gran oportunidad para la hispana. Pero de este “rebote” y de nuestra capacidad para aprovecharlo comentaremos en otra ocasión.


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