David Hume y Adam Smith: la amistad que forjó el pensamiento moderno

Uno de los filósofos más importantes de la historia moderna fue Adam Smith. Aunque es más conocido por su famoso tratado La riqueza de las naciones (1776) cuando lo publicó al final de su vida ya era conocido y respetado por su Teoría de los sentimientos morales (1759). No obstante, a nuestros días su fama ha llegado como uno de los grandes teóricos del comercio y el mercado, con su imperecedera metáfora de "la mano invisible" del mercado.

Todo liberal reconoce en Smith a uno de sus referentes, y yo no soy una excepción. Releer sus obras cuando el tiempo lo permite es un placer, sobre todo en estos tiempos en los que tantos y desde tantos lados se empeñan en negar sus clarividentes lecciones que ya resisten dos siglos y medio de contraste práctico.

Es interesante acudir a Smith porque no sólo fue economista, sino también un filósofo enclavado en la corriente puritana de su época. Aunque no fuera creyente devoto, fue uno de los principales exponentes de la ilustración escocesa. Es decir, que Smith niega en sí mismo todas las críticas morales al liberalismo que muchos ven como frívolo, inmoral y anti-ilustrado. Esta crítica reclama para sí el monopolio de la ética, los valores que convienen y el progreso.

En Por un crecimiento racional, se comentaron los fundamentos históricos del liberalismo, y, también, de las distintas corrientes de pensamiento con los que se ha opuesto. Veamos una idea de fondo: el liberalismo ha demostrado su éxito a lo largo del tiempo: sobre el papel, pero también en la práctica. En cambio, otros sistemas de planificación centralizada o más intervencionista, han acabado en fracaso económico, político y social, y se han mostrado liberticidas. Urge recordar los hechos, alterados por una visión interesada del liberalismo, y queda patente la caricatura que lo desfigura.

En estos tiempos de escasa ilustración, es oportuna la obra El infiel y el profesor, libro del profesor Dennis C. Rassmusen, publicado por la editorial Arpa. Este ensayo, sólido y ameno, cuenta la amistad de Smith con otro de los grandes de su época, David Hume.

Una de las virtudes del libro es contraponer las biografías y las personalidades de ambos, que son opuestas, y contar cómo su amistad, alimentada con constantes visitas entre uno y otro en Edimburgo, e infinidad de cartas cuando vivieron alejados de Escocia, forjó parte de las bases del pensamiento moderno.

Hume era extrovertido, generoso, provocador, orgullosamente no creyente, anticlerical en una sociedad puritana. Por esto nunca pudo conseguir las plazas de profesor a las que siempre aspiró. Smith probablemente descreía de la Iglesia, pero guardaba las formas, era un gran conversador y un hombre respetado en los círculos de poder de Londres y Edimburgo.

Hume ya era un intelectual de referencia cuando Smith comenzó a escribir. Había escrito sus dos obras principales –Tratado de la naturaleza humana (1739) y Tratado del entendimiento humano (1748)– antes de que Smith publicara su Tratado de los sentimientos morales. Ambas tuvieron una influencia decisiva en su amigo.

El libro relata las penurias y las mundanidades de ambos. Ninguno se casó. Vivían con sus madres, después con sus hermanas. El autor señala que fue una práctica habitual en los grandes intelectuales de la época. Da la impresión de que se entregaban en cuerpo y alma al trabajo intelectual, sin espacio para otros recorridos.

Tanto Hume como Smith pasaron parte de sus vidas fuera de Escocia. Smith como profesor en Oxford, y después en Londres como conferenciante cuando buscaba editor para su manuscrito de La riqueza de las naciones. En la capital británica, su círculo de amigos incluía a personajes de la talla de Edmund Burke o Edward Gibbon. También viajó por Francia y Suiza durante tres años como tutor del III duque de Buccleuch. Una vida apasionante en la que compatibilizó los viajes y los ingresos con una actividad intelectual poderosa.

Hume no le fue a la zaga en esto. Por sus escandalosas posiciones intelectuales y religiosas para la época, le fueron denegadas las cátedras a las que aspiró, así que tuvo que organizar su vida con trabajos como preceptor del marqués de Annandale, bibliotecario del cuerpo de abogados de Edimburgo –cuando escribió su canónica Historia de Inglaterra–, y diplomático en la Embajada en Francia, país al que se trasladó en 1763. Volvería a Londres en 1767 como subsecretario de Estado. Uno de los momentos más memorables de este libro es el retrato que hace de Rousseau, que viajó con Hume desde París pero tuvo que huir rápidamente, para solaz del socarrón Hume. Rousseau no parecía capaz de soportar la mínima disidencia, y aprovechando un incidente con una mujer comprometida que supuso una palanca de escarnio, partió.

La labor educadora de la memoria y la historia es una herramienta que el liberalismo ha tendido a dejar en manos de los enemigos de las sociedades abiertas, que también definiera Popper. Ahora que tantos, en todo el mundo, echan la vista atrás y la nostalgia se apodera de la política, a la vez que la manipulación histórica, es un buen momento para recordar los hechos evidentes de las economías abiertas y su papel clave en nuestro progreso colectivo. Ese que creemos ver desvanecerse, precisamente por haber olvidado demasiado rápido algunas de las magistrales lecciones que este libro resume.


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