Antes de entrar dejen salir, Europa ante el fracaso del modelo multilateral

Mayo 2016

Durante el último medio siglo, Europa y el mundo atlántico se han desenvuelto en el escenario internacional siguiendo el modelo surgido de la victoria aliada en la Segunda Guerra Mundial y el comienzo de la Guerra Fría. El consenso de Washington, el liberalismo económico, el liderazgo de EE.UU. y la creación de alianzas supranacionales han marcado los tiempos de las Relaciones Internacionales con pocas excepciones. Sin embargo, la crisis económica y social, cuyos efectos aún se hacen sentir en Europa, ha hecho aflorar algunas deficiencias en este modelo.

Salvo para los que, anclados en el pasado, proponen una marcha atrás en la Historia, es conveniente proyectar los desafíos a los que nuestro continente se enfrenta para continuar avanzando en un mundo encaminado inexorablemente hacia un orden multipolar. Un orden en el que los factores culturales, demográficos y de medio ambiente tendrán un impacto que al día de hoy son de difícil comprensión y medición.

Las consecuencias de las guerras mundiales en el viejo continente suelen ser valoradas y explicadas en cifras que reflejan el horror de la barbarie: las terribles consecuencias sociales, la devastación física del territorio y la inversión en reconstrucción alcanzaron tal magnitud que se produjo, inevitablemente, un cambio de modelo en las relaciones entre los actores internacionales. Una transformación profunda cuyos efectos continúan hasta el día de hoy. La creación de las Comunidades Europeas del Carbón y Acero, y de la Energía Atómica supuso por primera vez implantar una estructura de relaciones tanto intraeuropeas, como con terceros, de renuncia al unilateralismo. Se aceptó el imperio de la ley y se buscó, en el siempre difícil multilateralismo, esa paz perpetua que, junto con la consolidación de la democracia liberal, nos situaba en un final de la historia tan andel gusto de algunos. También contribuyó a este cambio la asunción por parte de Estados Unidos, y no sin debate interno, de una responsabilidad internacional unilateral sobre la que el modelo europeo se ha venido recostando casi parasitariamente. Un equilibrio razonable y un intercambio de “roles” que ha durado hasta hoy.

Como hemos dicho, Europa, dividida en bloques, se encontraba en una difícil tesitura: evitar futuras guerras pero, a la vez, retener una posición de fuerza en la esfera política y económica mundial que le había sido propia en el último milenio. A ello se refería claramente en 1950 Robert Schuman en la famosa declaración que lleva su nombre y que dio origen a la CECA “La paz mundial no puede salvaguardarse sin unos esfuerzos creadores equiparables a los peligros que la amenazan. La contribución que una Europa organizada y viva puede aportar a la civilización es indispensable para el mantenimiento de unas relaciones pacíficas”. Pues eso, compartamos la energía atómica, el carbón y el acero, necesarios para la guerra y así ésta será más difícil. Empecemos con ello una nueva era de multilateralismo, de tratados e instituciones internacionales que nos permitan gobernarnos y gobernar con terceros de acuerdo con la ley.

Efectivamente, el temor a que en el futuro Europa volviera a ser escenario de una destructiva contienda ha marcado desde entonces la política exterior de la Unión. Como bien señala Robert Kagan en Of Paradise and Power, frente al nuevo modelo basado en el poder de los Estados Unidos, el viejo continente ha optado por la negociación, la diplomacia, los tratados y la persuasión. Tras la segunda Guerra Mundial ésta fue la salida óptima para Europa, basada en el diálogo más que en el mantenimiento de posiciones hegemónicas ideológicas y económicas. Este modelo de relaciones internacionales es el que subyace a la idea del “enfoque integral”, asumido por la UE con el objetivo de conseguir una posición exterior más sólida, eficaz y consistente, visible en todos los foros internacionales y, repetimos, de alguna manera factible gracias a la posición unilateral de EEUU en los mismos.

Nos movemos, paso a paso a una disyuntiva histórica. Desde el punto de vista externo, el multilateralismo europeo, que tuvo sentido en la creación de las Comunidades Europeas, no parece ahora la mejor solución para los acuciantes problemas que exigen gestión inmediata. Hechos como la crisis de los refugiados, la primavera árabe, el conflicto ucraniano o la reacción ante los atentados terroristas, muestran las dificultades que Europa debe afrontar para gestionar asuntos fuera de sus fronteras, acorde con lo difícil que también le está resultando gestionarse su propio proyecto.

Además la UE sufre una profunda crisis interna de reputación. La ausencia de valores comunes en una unión de países demasiado extensa en número, las crecientes diferencias económicas y la dependencia de los Estados más fuertes junto con un decreciente papel de las instituciones europeas, pone de manifiesto la incapacidad para que pueda surgir un renovado liderazgo europeo y, en definitiva, una posición fuerte como actor global. El modelo está desgastado y el avance en la construcción europeo deviene difícil. El cambio mediante una fuerte reforma incremental ya no parece ser el camino o, si lo es, puede colapsar en el mismo.

Prestemos atención a dos casos de gran impacto actual: de un lado, la muy difícil mutualización de riesgos para la unión bancaria y fiscal, tan necesaria para la unión política pero que se ha convertido en un obstáculo que solo se supera con gran desgaste ante situaciones límite o muy exigentes. De otro, la negociación del TTIP, que va más lenta que la cerrada por nuestros competidores del Este. La primera es clave para la construcción de una unión económica completa pero que no veo pueda completarse debido al abanico tan amplio de diferencias económicas, sociales y culturales entre los Estados miembros que impide mutualizar riesgos, lo que plantea, además, un riesgo moral difícilmente aceptable. Además, la escasa reputación de los líderes actuales y, en consecuencia, del propio proyecto europeo, hacen muy difícil un avance sólido basado en propuestas fundamentalmente técnicas. El TTIP, por su parte, nos sitúa ante la tesitura de optar por una política de bloques, alineados con los Estados Unidos y los países firmantes del TTP, en un mundo que ya no responde a comportamiento multilaterales o, por el contrario, perder una nueva oportunidad para avanzar en nuestro propio modelo de desarrollo social, económico y, por tanto, político para retroceder en la historia a zonas de autarquías y cerrazones de fracaso demostrado.

Es cierto que se ha avanzado de manera positiva con la propuesta del “Informe de los Cuatro Presidentes” de 2012 y la hoja de ruta revisada en 2015 por el “Informe de los Cinco Presidentes”. La unión económica precisa completar la unión monetaria y bancaria para avanzar hacia la unión fiscal que desembocará en la unión política. Con plazos marcados no inferiores a 10 años para la primera, se alejan las dos siguientes etapas en el tiempo. Lo suficiente para plantearnos si compensa el “exit” de algunos para acortar los plazos y asegurar una Europa Federal. Tenemos fuertes resistencias para avanzar en la situación actual con mecanismos fiscales por la muy difícil mutualización de riesgos que antes comentaba. El problema estriba en el riesgo de consolidar debilidades estructurales de algunos países mediante transferencias fiscales permanentes en vez de soportes temporales.

Es necesario repensar Europa y la Unión Europea. Soy partidario de recuperar de alguna manera el bloque fundador inicial más Polonia y España, favoreciendo un “exit”, salida, de todos aquellos a los que no interesa, son incompatibles, no pueden, o entorpecen los avances hacia la Unión Política. Fórmulas hay para ello y se contemplan en los Tratados.

Juan María Nin. Abogado-Economista. Formó parte como Director de Programas del equipo que negoció la adhesión de España al Mercado Común.