Publicación en el suplemento anual Nº5 de Actualidad Económica

“El Espectador Incorrecto”

Junio 2018

De consumidores protegidos a ciudadanos libres y responsables

 

Nuestro sistema económico necesita ser eficiente para que nuestros modernos políticos puedan soportar el empuje de las promesas de un mundo más fácil y abundante que brindan el populismo o los regímenes iliberales, que la evidencia empírica ha demostrado falaces

La retirada de Estados Unidos del Acuerdo con Irán, firmado en 2015 por el conjunto de las potencias globales y el régimen de los ayatolás, es una muestra más de que estamos ante tiempos impredecibles. La decisión del presidente Trump es al mismo tiempo síntoma y acelerador de esa incertidumbre. El petróleo comenzó a subir pocas horas después del anuncio, hasta sobrepasar los 80 dólares el barril. Llueve sobre mojado en una región infestada de problemas, con el trasfondo de la lucha de los suníes saudíes con los chiíes iraníes. Los análisis han comenzado a calcular los efectos que esta subida podría tener en las economías de los países desarrollados, muy dependientes del petróleo y altamente endeudados. Para España se habla de un coste de unos 5.500 millones de euros. Poca broma. Para los petroleros y más concretamente el “Shell oil” USA, beneficios mayores.

Por otro lado, hemos visto estas semanas cómo Argentina acudía de nuevo al FMI para pedir un “piso financiero” de 30.000 millones de dólares tras el desplome del peso. La petición de auxilio del presidente Macri se produce en su tercer año de mandato y tras defraudar expectativas. El Gobierno intervencionista del kirchnerismo peronista dejó un catastrófico cuadro macroeconómico, con elevado déficit e inflación que el nuevo mandatario no ha sabido revertir. Su equipo ha subido los tipos de interés hasta nada menos que el 40%, los más altos del mundo, medida que no fue suficiente para garantizar el valor del peso y parar la huida de capitales en un país fuertemente dolarizado. Probablemente hay un punto de no retorno pasados unos años de pésima gestión de los asuntos públicos.

Ambos hechos, aunque muy condicionados por coyunturas de cada país, están lejos de ser alteraciones puntuales. Debemos intentar mirar con perspectiva y analizar si estamos ante crisis coyunturales de la situación de muchos países y los ánimos sociales, o bien existe un trasfondo estructural que no permite que a la salida de la crisis le acompañe una mejora de la estabilidad global. Su condición de síntoma de un desorden global con un trasfondo económico de fin de ciclo nos puede ayudar a entender los desafíos que afrontan las democracias liberales y con ellas los ciudadanos libres del mundo. Nuestro sistema económico necesita ser eficiente para que nuestros sistemas políticos puedan soportar el empuje de las promesas de un mundo más fácil y abundante que brindan el populismo o los regímenes iliberales, y que ahora está lejos de ser así. Por eso, cabe preguntarse si estamos a salvo de estas sacudidas globales, de estas tendencias de fondo que se manifiestan con ropajes locales, pero que comparten la misma fuente de malestar y endebles cimientos políticos y económicos.

Respecto a los cimientos políticos, hemos visto estos días cómo se ha conmemorado el 50 aniversario de Mayo del 68 en París. El recuerdo festivo en Francia ha sido la tónica general. Las encuestas lo confirmaban: una inmensa mayoría de ciudadanos autoubicados en la izquierda lo recordaban como algo “positivo”. También los que se definían como de centro, liberales o de derechas. El buen recuerdo es transversal. Concurren varias circunstancias, como son el patriotismo francés, y la propia naturaleza global de un movimiento con el que Francia volvió a verse en la vanguardia política, como en una versión pop de la Revolución Francesa de dos siglos antes.

Pero esto es un gran malentendido que, a su vez, es síntoma de una gran confusión global. 1968 fue un año violento, en el que cayeron asesinados Robert Kennedy o Luther King, la guerra de Vietnam tuvo su punto de inflexión con la ofensiva del Tet en Hué, y Las tropas del Pacto de Varsovia invadieron Checoslovaquia tras el breve experimento liberalizador de la Primavera de Praga. En México, las fuerzas de seguridad cargaron a sangre y fuego contra los estudiantes mexicanos en lo que se conoce como la Matanza de Tlatelolco. 1968 no fue un año solo para celebrar, sino también para reflexionar. La historia no es un ornato inservible, sino una despensa de información que sirve para extraer conclusiones: políticas, como en este caso, pero también económicas.

No es casualidad, a este respecto, que en las mismas fechas en las que se conmemoraba festivamente el 68, hayan vuelto a las calles de París altercados violentos con fanfarria propia de otras épocas. Las manifestaciones del Primero de Mayo o las protestas contra algunas reformas del presidente Macron han coincidido con la llegada a las calles de los así llamados ‘Black Block’, grupos violentos que, bajo el amparo de multitudes, se camuflan de negro y destrozan coches, comercios y mobiliario urbano en protesta, supuestamente, contra el capitalismo global. Frente a la festividad sesentayochista, conviene prestar atención a la vuelta de estos fantasmas. No sólo en Francia.

El ensayista Raymond Aron dio una serie de conferencias y escribió varios artículos apenas un año después, en 1969. A contracorriente, denunciaba los potenciales peligros para la libertad que contenían unas manifestaciones donde se mezclaba el deseo legítimo de la liberación de las viejas costumbres con idearios políticos marxistas y maoístas, nada democráticos ni emancipadores. Estos textos acaban de ser publicados en España bajo el título La libertad, ¿liberal o libertaria? (Página Indómita, 2018). Una buena lectura de la historia debería permitirnos reconocer en este tipo de movimientos sociales y políticos la recidiva de hechos e intereses de un pasado no tan remoto que no acabaron precisamente bien.

Frente a ello, tal parece que vamos en dirección opuesta. Un nuevo consenso viene a afirmar tres falsedades: la primera es que la crisis se produjo por las políticas económicas liberales, y no de su perversión, como realmente fue. La segunda, que la Unión Europea ha sido el instrumento no legitimado democráticamente que ha obligado a los ciudadanos a soportar, sin motivo, austeridad no necesaria, lo que ha extendido un peligroso sentimiento anticomunitario. La tercera, que las políticas monetarias heterodoxas y expansivas, que ciertamente nos permitieron salvar con gran eficacia la bola de partido de la crisis económica, son sostenibles en el tiempo y debemos persistir en ellas. Una cierta complacencia irracional, por tanto, en una situación frágil y de incertidumbre que incomoda reconocer. Deuda en máximos históricos, liquidez abundantísima y en parte artificial, con tipos de interés acomodaticios nos conducen a una Arcadia feliz en la que los ciudadanos renuncian a su estatus de libertad y responsabilidad individual para instalarse en el de consumidores protegidos.

Pero EE.UU. sube tipos y empieza a reducir el balance de expansión cuantitativa, a la vez que el BCE se mantiene retrasado. Hay algo reactivo en esta actitud: los traumas de la crisis están recientes, y se asocia, equivocadamente, la vuelta a fundamentos sanos con un regreso de la crisis. Nada más equivocado y, sin embargo, más extendido entre tantos opinadores influyentes. Los partidos nacionalistas y populistas mezclan el sesentayochismo de las proclamas gratuitas, con una concepción política dudosa y nostálgica de la “democracia aclamativa” de Carl Schmitt y un corpus económico proteccionista que vende soluciones parciales a una sociedad lógicamente angustiada. Un cóctel explosivo y, paradójicamente, al alza en el mercado electoral.

“Este país está harto de expertos”, dijo el entonces secretario de Estado de Justicia de Reino Unido Michael Gove durante la campaña del Brexit. En su exabrupto, este político resumió algunas de las tendencias que más atosigan a nuestras democracias liberales: el populismo que se enfrenta al análisis objetivo de resultados y de la historia, la posverdad basada en medias verdades y convenientes buenas intenciones, y la dificultad de la pedagogía política con ciclos electorales cortos en un panorama presentista dominado por el ruido de las redes sociales. Todo ello dificulta, cuando no imposibilita, la toma de decisiones estratégicas. Pero esto no las hace menos urgentes. Y en esa pendiente populista, nos deslizamos todos con una venda en los ojos que nos impide adoptar soluciones a problemas estructurales que toca afrontar hoy.

Una sociedad liberal se sostiene en base a pactos tácitos y otros explícitos, como los políticos, los económico-laborales o los intergeneracionales. Todos están en revisión. En una realidad dinámica, acelerada por el cambio científico-técnico de la digitalización, ha de ser necesariamente así. Hayek, haciéndose eco de una larga tradición que se remontaba a pensadores chinos de la Antigüedad, defendía “el orden espontáneo” que emergía de una sociedad libre, de la misma forma que Schumpeter hablaba de la “destrucción creadora”. Ambos en contraposición a un normativismo de ingeniería social cuyos excesos han hecho más mal que bien.

Pero los dos pensadores defendían el papel incuestionable de una sociedad civil bien informada y adulta, dueña de una base moral que la haría capaz de debatir consigo misma, además de mantenerse impermeable a la complacencia y medias mentiras. Que estamos lejos de esa visión autocrítica y madura lo demuestran estos autoengaños políticos y económicos complacientes y de fácil “venta”, elixires de dudosa eficacia. Bajo la expansión monetaria cuantitativa o los tipos artificialmente bajos durante tanto tiempo nos encontramos en respiración asistida para ganar tiempo pero también para generar potenciales activos tóxicos y burbujas de activos. Esto, a su vez, ha generado una inflación de valor de los mismos que ha contribuido notablemente a una percepción de desigualdad muy fuerte que se pretende corregir, en un “bucle infernal”, con más de lo mismo. Lo que podría conducir a un camino sin más retorno que una nueva crisis.

Por el momento, la gestión de la crisis ha sido buena y se ha aprovechado el tiempo ganado para que el resultado de las reformas permita una retirada progresiva de las medidas monetarias extremas por la Reserva Federal. Pero quedamos los europeos, también en esto con otro ritmo y otros tiempos, abocados a una corrección cuya mejor marca será una Unión Europea políticamente unida. El edificio institucional, además, necesita ser inteligible y “aterrizar” su imprescindible labor en Main Street. Bajo una deuda pública insostenible si continúa creciendo nada habrá que no sea injusticia generacional, una condena a los más jóvenes a salarios mileuristas, frustración social e inestabilidad política, porque tendrá que asumir la misma, con o sin la ayuda de una corrección en la productividad del sistema.

Atrevámonos a pensar sin miedo a la verdad. Hay buenos científicos sociales que ya están haciendo este trabajo, y mención especial merecen el psicólogo canadiense Steven Pinker, que acaba de publicar en castellano En defensa de la ilustración (Paidós), o el ensayista noruego Johan Norberg, que en su meritorio Progreso. 10 razones para mirar al futuro con optimismo (Deusto) también da buenas razones históricas para creer, no sólo que estamos mejor que nunca, sino así seguirá siendo tras estos años de incertidumbre. Pero no podemos dejar esa labor a la academia. Dependerá de nosotros y de las decisiones que tomemos como individuos y sociedades. De ese análisis y su pedagogía dependerá la estabilidad de nuestro edificio político-económico y la salud de nuestras democracias asediadas.