Los principios: el debate político-económico más allá de los datos

El primer discurso del Estado de la Unión de Trump en Estados Unidos coincide con la interesante lectura de Principios, o Principles – ya que no está traducido al castellano, un extraordinario libro del inversor y ensayista estadounidense Ray Dalio. Sobre el libro tendremos ocasión de hablar de forma más extensa en alguna reflexión específica que vendrá, pues fondo y forma lo merecen, pero no quería dejar de referirme a algunas ideas que se me ocurren al hilo del citado discurso de Trump en el Capitolio.

No se trata de hacer ahora una exégesis de su contenido, sino una consideración general que también se desprende del libro de Dalio. Algunos medios han informado de que el discurso del estado de la Unión ha sido el más visto de la historia del país: aunque no ha sido así, da igual porque sí ha estado entre los que más repercusión ha tenido. ¿Debe sorprendernos? Tal parece que la influencia no se debe tanto a la calidad del contenido o a la pericia de un presidente que no es especialmente popular en los medios ni brillante en sus presentaciones, como a la irrupción de las redes sociales e internet en su discurso con “vida propia”.

No es un hecho anecdótico. Repárese en que se rompe la relación entre audiencia/influencia con la calidad del contenido o la capacidad del autor. Los filtros y la intermediación en la elección de líderes, en la toma de decisiones o en la publicación de opiniones, no han desaparecido pero sí se ha debilitado mucho. Es un problema que se ha puesto de manifiesto con las así llamadas “fake news” y las posverdades que tantas consecuencias político-institucionales están teniendo. También en el manejo de las mismas y construyendo agrupamientos de autores no identificados ocultos que todo lo devoran.

Al hilo de estas consideraciones, lo que me interesa resaltar es, precisamente esto que Dalio menciona en el título de su libro: los principios. Aunque estamos en una fase temprana de la irrupción tecnológico-digital, podemos tener una conclusión meridiana: vivimos en nuestro día a día con una falsa sensación de intimidad. El avance imparable del concepto transparencia y su asimilación a un valor por sí mismo (ver “La sociedad de la transparencia” de Byung-Chul Han) extiende sus efectos, a veces devastadores, a todo lo que encuentra en su camino. Para lo que nos interesa hoy, cualquier acto o discurso tiene una repercusión que trasciende lo esperado y lo buscado. Las audiencias son autónomas y, por tanto, nuestra responsabilidad se acrecienta. No tenemos el control sobre nuestras palabras que teníamos hasta ayer en términos históricos, lo que exige precisión y contención. Quizás y lamentablemente, también,  autocensura para los más prudentes o temerosos.

Es por esa razón por la que, además de un perfeccionamiento de nuestros conocimientos técnicos, económicos, financieros o científicos, debemos insistir en un refuerzo importante de nuestras capacidades cognitivas y creencias morales más profundas. Esto implica un mejor y mayor conocimiento de disciplinas humanísticas, muchas veces tan irresponsablemente dadas por amortizadas. No hay democracia, ni capitalismo, ni liberalismo sanos sin un sostén moral sólido aceptado por la sociedad, tampoco socialismo, por más que este último reclame su superioridad moral.

Citar la sentencia clásica que dice que “un gran poder conlleva una gran responsabilidad” puede sonar tópico, incluso vulgar, pero no deja de ser una verdad atemporal que conviene no perder de vista en esta etapa dinámica y frágil en la que no sobran los asideros a los que agarrarse cuando golpea la incertidumbre y la insoportable levedad. No sólo para poder pronunciar discursos o actuar en nuestro día a día con responsabilidad, sino para escuchar a los demás, con mejores herramientas de discernimiento.

La política y la  economía liberal están íntimamente ligadas a un poso de valores y principios sólidos, algo que a veces se olvida con las caricaturas interesadas que se hacen desde posiciones ideológicas contrarias. El libro de Dalio es una buena reivindicación de la base moral de buenas ideas económicas y sociales. Conviene no olvidarlo al hablar y al escuchar en público, menos aún en la era de las redes. Hay que armarse bien para soportar el ruido, a veces, insoportable de la vacuidad.